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El Tiempo
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CAPÍTULO 27

En la memoria medimos los tiempos.

34. Insiste, alma mía, y concentra fuertemente la atención. Dios es nuestro ayudador (Ps., 66, 9): Él nos ha hecho, y no nosotros (Ps, 99, 3). Mira dónde alborea la verdad.
Supongamos, por ejemplo, que una voz corporal empieza a sonar, y suena, y suena aún: he aquí que cesa y ya hay silencio, y aquella voz es ya pasada, y ya no es voz. Antes que sonara era futura y no se podía medir, porque aún no era; y aho-ra tampoco se puede, porque ya no es. Podíase, pues, entonces cuando sonaba, porque entonces había algo que medir; pero aun entonces no se estaba quieta, por-que iba sonando y pasaba. ¿Acaso por eso podía serlo mejor? Porque mientras iba pasando se extendía por algún espacio de tiempo, en el cual pudiera ser medida, pues el presente no tiene ningún espacio.
Si, pues, entonces podía serlo, supongamos que otra voz comienza a sonar y aún sigue sonando con un tono continuado sin interrupción. Midámosla mientras suena; porque cuando hubiera dejado de sonar, ya habrá pasado y no habrá qué medir; midámosla totalmente, y digamos cuánto dura. Pero es el caso que aún sigue sonando, y medirse no puede sino desde su principio en que empezó a sonar hasta el fin en que cesa; pues lo que medimos es precisamente el mismo intervalo desde un principio hasta el fin. Por tanto, la voz que aún no ha terminado no puede medirse para decir qué larga o breve es, ni decirse igual a otra, o simple o doble o cosa semejante respecto de otra. Mas cuando hubiere acabado, ya no existirá: ¿cómo, pues, podrá ser medida?
Y, sin embargo, medimos los tiempos, y no aquellos que todavía no son, ni tampoco los que ya no son, ni aquellos que no se extienden con alguna duración, ni los que no tienen términos. No medimos, pues, ni los tiempos futuros, ni los pasados, ni los presentes, ni los que van pasando; y, sin embargo, medimos los tiempos.

35. «Deus creator omnium». (Oh Dios, creador de todo). Este verso es de ocho sílabas, en que alternan breves y largas. Y así, las cuatro breves –primera, tercera, quinta, séptima– son sencillas, respecto de las cuatro largas –segunda, cuarta, sex-ta, octava–; cada una de éstas tiene doble tiempo que cada una de aquéllas; yo las pronuncio y me doy cuenta, y así es, en cuanto lo siente manifiestamente el oído. En cuanto sensiblemente lo percibo, con la sílaba breve mido la larga y siento que tiene dos veces tanto. Pero cuando suena una después de otra, si la primera es bre-ve y la segunda larga, ¿cómo retendré la breve, y cómo al medir la aplicaré a la larga para averiguar que ésta tiene dos veces tanto, siendo así que la larga no em-pieza a sonar mientras no hubiere dejado de sonar la breve? Y la misma larga, ¿cómo la mido presente, siendo así que no la mido sino después de acabada? Pero su acabar es pasar. ¿Qué es, pues, lo que mido? ¿Dónde está la breve con que mi-do? ¿Dónde está la larga que mido? Ambas sonaron, volaron, pasaron, ya no son; y yo mido, y confiadamente respondo, cuanto uno puede fiarse del oído ejercitado, que la una es sencilla y la otra doble, en duración de tiempo se entiende. Y no puedo hacerlo sino porque ya pasaron y terminaron. No mido, pues, las mismas sílabas que ya no existen, sino algo de ellas que en la memoria permanece fijo.

36. En ti, alma mía, mido los tiempos. No me quieras trastornar lo que es; no te quieras trastornar con el tropel de tus impresiones. En ti, digo, mido yo el tiempo. La impresión que las cosas al pasar hacen en ti, y que, cuando ellas han pasado, permanece, esta misma es la que yo mido presente, no las cosas que pasaron y la produjeron; ésta es la que mido cuando mido el tiempo. Luego, o ella misma es el tiempo, o no mido el tiempo.
Pues ¿qué? Cuando medimos los silencios y decimos que aquel silencio duró tanto tiempo como duró aquella voz, ¿no extendemos el pensamiento a medir la voz como si sonase, para poder darnos alguna cuenta de aquel espacio de tiempo? Porque también callando la voz y la boca, recitamos con el pensamiento poemas y versos y toda clase de discursos y cualesquiera medidas de los movimientos, y nos damos cuenta de la duración de los tiempos, cuál sea la cantidad de éste respecto de aquél, no de otra suerte que si aquello de viva voz lo pronunciásemos.
Si alguno quisiere emitir una voz algo prolongada y determinase, premeditán-dolo, cuánta ha de ser su duración, este tal ha recorrido en silencio aquel espacio de tiempo, y encomendándolo a la memoria, empieza a emitir aquella voz que «suena» hasta llegar al término prefijado; o, mejor dicho, «ha sonado» y «sonará»; porque lo que se ha ejecutado de ella cierto es que «ha sonado», y lo que resta «sonará»; y así toda ella se cumple, mientras el esfuerzo presente traslada el futuro al pasado, creciendo el pasado con la disminución del futuro, hasta que, consu-miendo el futuro, es todo pasado.


CAPÍTULO 28

Con el alma medimos los tiempos.

37. Mas ¿cómo se disminuye o se consume el futuro que todavía no es, o cómo crece el pasado que ya no es, sino porque en el alma, que es la que lo hace, existen tres cosas? Porque ella «espera», «atiende» y «recuerda»; de suerte que aquello que «espera», pasando por lo que «atiende», va a parar a lo que «recuerda». ¿Quién niega, pues, que los futuros aún no son, y, no obstante, en el alma existe expectación de los futuros? ¿Y quién niega que lo pasado ya no es, y, sin embargo, existe todavía en el alma memoria de lo pasado? ¿Y quién niega que el tiempo presente carece de espacio, pues para en un punto, y, sin embargo, perdura la atención por donde pasa a ausentarse lo que va a presentarse?
No es, pues, largo el tiempo futuro, que no es, sino que el futuro largo es una larga expectación del futuro; no es largo el tiempo pasado, que no es, sino que el pasado largo es la memoria larga del pasado.

38. Voy a recitar una canción que sé. Antes de comenzar, mi «expectación» se extiende a toda ella; pero una vez comenzada, cuanto vaya desgranando de ella hacia el pasado, otro tanto se va extendiendo mi «memoria»; y mi actividad en esta acción se distiende: hacia la «memoria», por lo que he recitado, y hacia la «expectación», por lo que he de recitar; pero está presente mi «atención», por la cual lo que era futuro pasa a hacerse pretérito. Y cuanto esta acción avanza más y más, tanto disminuye la «expectación» y crece la «memoria»; hasta que la «expectación» se consuma del todo, cuando terminada la acción, hubiere pasado a la «memoria».
Y como en la canción entera, así acontece en cada una de sus partes y en cada una de sus sílabas; así también en una acción más larga, de la cual tal vez es una parte aquella canción; así en toda la vida del hombre, de la cual son partes todas las acciones del hombre; así en la existencia del humano linaje, de la cual son par-tes las vidas de los hombres.

Libro XI St. Agustin
  



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